Objetivos de la Unidad: 

En esta unidad, el estudiante, a través de la comprensión de varias obras literarias, identifica los recursos del lenguaje empleados por autores hispanoamericanos. Reconoce elementos de textos narrativos que muestran sus características estéticas, históricas y sociológicas. Analiza grandes obras literarias, para redactar textos en los que demuestra dominio de la escritura al organizar ideas en forma coherente y lógica. Expresa respeto y admiración por los autores estudiados por medio de ponencias y dramatizaciones.

Literatura Hispanoamericana Página 82-83 Libro de texto En Español 9

¿Literatura?

La literatura es el arte de la expresión escrita o hablada. Aquí puedes encontrar la definición más completa de lo que es la Literatura. 

En resumen, la literatura además del arte de la palabra, es también el nombre de la teoría que estudia las obras literarias. Por otra parte, la Literatura es el conjunto de todas las obras literarias de un país o una cultura específica, como por ejemplo: Las obras de Literatura Puertoriqueña, para designar a todas las obras literarias de los autores puertorriqueños. 


¿Por qué es importante entender lo que leemos? La comprensión y evaluación de lectura expande nuestro conocimiento de los elementos literarios, el mundo, su gente y de nosotros mismos.

Varios elementos influyen en las obras literarias: la situación sociocultural de un país, la política, las tradiciones y los valores de la sociedad.


¿Por qué los escritores escriben? Los escritores escriben con diferentes propósitos. Las obras reflejan la cultura, la vida social, el mundo político y económico y las creencias, contexto y filosofía del autor.


Lección 1: Don Quijote de la Mancha 

Miguel de Cervantes 

Capitulo 8: La Aventura de los Molinos de Viento

Mini Lección: Oraciones simples y oraciones compuestas

Lección 2: Poemas Épicos: La ilíada y La Odisea 

Homero 

Autor: Poeta griego del siglo IX antes de Cristo. No se sabe nada de su vida aunque la leyenda lo imagina viejo y ciego cuando compuso la Ilíada y la Odisea, su otra gran epopeya. La Ilíada tiene casi tres mil años de edad, por lo que probablemente sea la obra más antigua de la literatura occidental. 

La poesía Épica

La poesía épica es la líteratura que narra las hazañas y aventuras de héroes legendarios.  

La Ilíada 

(Adaptación)


Príamo, rey de los troyanos, decide ir al campamento enemigo y pedirle a Aquiles el cadáver de su hijo Héctor para hacerle los honores fúnebres que como príncipe merece. Hace llenar de valiosos tesoros una espléndida carreta y con un solo acompañante, también anciano, sale de la ciudad entre el llanto de todos, que piensan que se encamina a una muerte segura. Zeus, rey de los dioses, se compadece de él y envía a su hijo Hermes para que lo guíe hasta la tienda de Aquiles. Príamo le pregunta angustiado por el cadáver de su hijo y Hermes lo tranquiliza: está intacto, no se ha corrompido ni ha sido despedazado para darle de comer a los perros. Tras vencer, con la ayuda de Hermes, varias barreras de seguridad, llegan a la tienda del griego.  


Príamo penetró en la tienda. Estaba Aquiles a la mesa sentado, y a cierta distancia lo acompañaban algunos escuderos. Acababa el héroe de cenar, y todavía no habían recogido la mesa. Sin ser visto entró el doliente rey, y con sus manos abrazando las rodillas de Aquiles besó humilde la diestra poderosa, homicida, terrible, que se manchara con la sangre de varios hijos suyos. Admirado quedó Aquiles al ver dentro de su tienda al venerable Príamo. 


Primero habló el anciano rey, y con dolorido acento le dijo al griego: “acuérdate de tu padre, ilustre Aquiles, que en arrugada vejez, ya se le acerca el término de la vida, y es tan anciano como yo. ¿Quién sabe si a estas horas los poderosos reyes vecinos lo oprimen con sus armas, sin que tenga quien lo socorra y lo libre de la muerte? Pero tu padre, en fin, sabiendo que tú vives, espera cada día verte llegar de Troya y se consuela. Y yo, el más desdichado de los hombres, habiéndome concedido los dioses tantos hijos valientes, que eran los defensores de Troya, puedo decir que ninguno me queda ya. Cuando vino a esta playa el ejército griego cincuenta hijos tenía, y a casi todos el furioso Marte, dios de la guerra, les ha quitado la vida. Me quedaba uno solo que defendiese a Troy, y tú, no hace mucho, lo mataste; ay, triste, mientras que él por su patria combatía. 

De Héctor habló y él es quien me ha traído al campamento griego. Te pido que me entregues su cadaver; un rescate traigo de gran valor. Respeta, Aquiles, a los eternos dioses y compadécete de este infeliz anciano. 

Así decía el afligido rey y acordándose Aquiles de su padre, gran deseo le vino de llorar, y con su mano intentó alejar suavemente a Príamo de sus rodillas, pero el triste anciano no se apartaba de sus pies, y los dos se deshacían en lágrimas. A Héctor lloraba Príamo, a Aquiles por su padre, y a veces por Patroclo, y toda su tienda retumbaba con los llantos y gemidos de los dos. 

Pero después, cansado de llorar y el alma satisfecha, el héroe se levantó de la silla, y con la mano alzó al rey de la tierra, y respetando sus cabellos y su barba encanecida, le dijo: 

“¡Ah, monarca infeliz, que tantos males has padecido ya! ¿Cómo tuviste valor para venir a las tiendas griegas, y solo, presentarte a un hombre que la vida y la armadura a tantos hijos tuyos valerosos les ha quitado en la lucha? ¡De duro hierro tienes el corazón! Siéntate ahora en esta silla, y aún estando los dos tan afligidos, dejemos reposar dentro del alma las amargas penas”. 


A sus esclavas llamó después Aquiles y les dijo que lavaran el cadáver de Héctor y lo untasen con aceites olorosos. Las esclavas lavaron el cadáver y ya untado con oloroso aceite, lo envolvieron en una túnica delgada y lo taparon con ricos mantos. El mismo Aquiles alzándolo del suelo, lo puso en suntuoso féretro que sus hombres colocaron sobre la carreta. 


“Ya tienes, Príamo, como lo has pedido, rescatado el cadáver de tu hijo. Yace en lecho fúnebre, cuando venga la luz del día lo verás, y a Troya podrás llevarlo”. 

La Odisea

(Adaptación)

El héroe griego Ulises navegaba de regreso a su casa de la isla de Ítaca después de la guerra de Troya. Allí le esperaba su esposa Penélope llena de paciencia, porque la verdad es que a Ulises le costó llegar unos cuantos años. Y es que en el camino tuvo que hacer muchas paradas y vivir unas cuantas aventuras. 


A veces Ulises y sus marineros tenían que parar en alguna isla para recoger algo de comida. Así llegaron a la isla de los cíclopes, la actual Sicilia. Los cíclopes eran unos seres extraños, unos gigantones con una fuerza descomunal que tenían un solo ojo, pero ni Ulises ni sus marineros conocían la existencia de estos seres. Así que se adentraron en la isla en busca de comida sin ningún temor.


Caminaron y caminaron hasta que llegaron a una cueva enorme y allí se encontraron con unos quesos tan grandes y tan redondos como una rotonda. Sacaron el vino que llevaban y se pusieron a degustar el delicioso y enorme queso de oveja. Tan tranquilos estaban cuando de pronto el suelo empezó a temblar bajo sus pies, a la cueva empezaron a entrar decenas de ovejas y detrás de ellas llegó un gigante feo y sucio con un solo ojo. Era el cíclope Polifemo.


Polifemo cerró la entrada de la cueva con una piedra tan grande que ningún hombre podía moverla y enseguida olió a Ulises y a sus marineros. Se enfadó muchísimo porque los cíclopes no son especialmente sociables y no les gustan las visitas. 


- ¿Quiénes sois y por qué estáis en mi cueva? -gritó Polifemo.


Ulises, que era el héroe griego más astuto e inteligente, se olió problemas y su mente se puso a trabajar rápido.


- Me llamo Nadie, y estos son mis marineros -dijo Ulises.


- Ummmm, pues tus marineros están muy muy ricos, Nadie -dijo Polifemo mientras se comía a dos de los marineros.


Ulises intentó calmar al enfurecido cíclope tocando la flauta y le ofreció un trago del vino que llevaban. Polifemo nunca había probado el vino y le gustó tanto que se bebió la botella entera. Así se quedó un poco achispado y enseguida se durmió. Ulises no sabía muy bien cómo iban a salir de aquella cueva porque era imposible mover la enorme piedra que hacía de puerta. Pero no había nada imposible para el ingenioso héroe.


Ulises cogió una rama de olivo y pinchó con ella el único ojo de Polifemo, dejándole ciego y dolorido. El cíclope se despertó gritando del dolor y a ciegas consiguió llegar hasta la puerta de la cueva, movió la piedra y salió para avisar a sus hermanos cíclopes que vivían en la misma isla.


- ¡Hermanos, me han dejado ciego!- gritó Polifemo

- ¿Quién te ha dejado ciego, Polifemo?- le preguntaron sus hermanos.

- ¡Nadie me ha dejado ciego!


Esa fue la respuesta de Polifemo después de que Ulises le engañara con su nombre. Entonces el resto de los cíclopes pensaron que era una broma de Polifemo y no le hicieron más caso. Así Ulises y sus marineros pudieron salir de la cueva y correr hacia la playa para embarcarse hacia una nueva aventura.


Laura Vélez. Redactora de Guiainfantil.com

Lección 3: Edgar Allan Poe

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El Cuervo (Poema)

Una vez, al filo de una lúgubre media noche,

mientras débil y cansado, en tristes reflexiones embebido,

inclinado sobre un viejo y raro libro de olvidada ciencia,

cabeceando, casi dormido,

oyóse de súbito un leve golpe,

como si suavemente tocaran,

tocaran a la puerta de mi cuarto.

“Es -dije musitando- un visitante

tocando quedo a la puerta de mi cuarto.

Eso es todo, y nada más.”

¡Ah! aquel lúcido recuerdo

de un gélido diciembre;

espectros de brasas moribundas

reflejadas en el suelo;

angustia del deseo del nuevo día;

en vano encareciendo a mis libros

dieran tregua a mi dolor.

Dolor por la pérdida de Leonora, la única,

virgen radiante, Leonora por los ángeles llamada.

Aquí ya sin nombre, para siempre.

Y el crujir triste, vago, escalofriante

de la seda de las cortinas rojas

llenábame de fantásticos terrores

jamás antes sentidos. Y ahora aquí, en pie,

acallando el latido de mi corazón,

vuelvo a repetir:

“Es un visitante a la puerta de mi cuarto

queriendo entrar. Algún visitante

que a deshora a mi cuarto quiere entrar.

Eso es todo, y nada más.”

Ahora, mi ánimo cobraba bríos,

y ya sin titubeos:

“Señor -dije- o señora, en verdad vuestro perdón imploro,

mas el caso es que, adormilado

cuando vinisteis a tocar quedamente,

tan quedo vinisteis a llamar,

a llamar a la puerta de mi cuarto,

que apenas pude creer que os oía.”

Y entonces abrí de par en par la puerta:

Oscuridad, y nada más.

Escrutando hondo en aquella negrura

permanecí largo rato, atónito, temeroso,

dudando, soñando sueños que ningún mortal

se haya atrevido jamás a soñar.

Mas en el silencio insondable la quietud callaba,

y la única palabra ahí proferida

era el balbuceo de un nombre: “¿Leonora?”

Lo pronuncié en un susurro, y el eco

lo devolvió en un murmullo: “¡Leonora!”

Apenas esto fue, y nada más.

Vuelto a mi cuarto, mi alma toda,

toda mi alma abrasándose dentro de mí,

no tardé en oír de nuevo tocar con mayor fuerza.

“Ciertamente -me dije-, ciertamente

algo sucede en la reja de mi ventana.

Dejad, pues, que vea lo que sucede allí,

y así penetrar pueda en el misterio.

Dejad que a mi corazón llegue un momento el silencio,

y así penetrar pueda en el misterio.”

¡Es el viento, y nada más!

De un golpe abrí la puerta,

y con suave batir de alas, entró

un majestuoso cuervo

de los santos días idos.

Sin asomos de reverencia,

ni un instante quedo;

y con aires de gran señor o de gran dama

fue a posarse en el busto de Palas,

sobre el dintel de mi puerta.

Posado, inmóvil, y nada más.

Entonces, este pájaro de ébano

cambió mis tristes fantasías en una sonrisa

con el grave y severo decoro

del aspecto de que se revestía.

“Aun con tu cresta cercenada y mocha -le dije-.

no serás un cobarde.

hórrido cuervo vetusto y amenazador.

Evadido de la ribera nocturna.

¡Dime cuál es tu nombre en la ribera de la Noche Plutónica!”

Y el Cuervo dijo: “Nunca más.”

Cuánto me asombró que pájaro tan desgarbado

pudiera hablar tan claramente;

aunque poco significaba su respuesta.

Poco pertinente era. Pues no podemos

sino concordar en que ningún ser humano

ha sido antes bendecido con la visión de un pájaro

posado sobre el dintel de su puerta,

pájaro o bestia, posado en el busto esculpido

de Palas en el dintel de su puerta

con semejante nombre: “Nunca más.”

Mas el Cuervo, posado solitario en el sereno busto.

las palabras pronunció, como virtiendo

su alma sólo en esas palabras.

Nada más dijo entonces;

no movió ni una pluma.

Y entonces yo me dije, apenas murmurando:

“Otros amigos se han ido antes;

mañana él también me dejará,

como me abandonaron mis esperanzas.”

Y entonces dijo el pájaro: “Nunca más.”

Sobrecogido al romper el silencio

tan idóneas palabras,

“sin duda -pensé-, sin duda lo que dice

es todo lo que sabe, su solo repertorio, aprendido

de un amo infortunado a quien desastre impío

persiguió, acosó sin dar tregua

hasta que su cantinela sólo tuvo un sentido,

hasta que las endechas de su esperanza

llevaron sólo esa carga melancólica

de “Nunca, nunca más.”

Mas el Cuervo arrancó todavía

de mis tristes fantasías una sonrisa;

acerqué un mullido asiento

frente al pájaro, el busto y la puerta;

y entonces, hundiéndome en el terciopelo,

empecé a enlazar una fantasía con otra,

pensando en lo que este ominoso pájaro de antaño,

lo que este torvo, desgarbado, hórrido,

flaco y ominoso pájaro de antaño

quería decir graznando: “Nunca más,”

En esto cavilaba, sentado, sin pronunciar palabra,

frente al ave cuyos ojos, como-tizones encendidos,

quemaban hasta el fondo de mi pecho.

Esto y más, sentado, adivinaba,

con la cabeza reclinada

en el aterciopelado forro del cojín

acariciado por la luz de la lámpara;

en el forro de terciopelo violeta

acariciado por la luz de la lámpara

¡que ella no oprimiría, ¡ay!, nunca más!

Entonces me pareció que el aire

se tornaba más denso, perfumado

por invisible incensario mecido por serafines

cuyas pisadas tintineaban en el piso alfombrado.

“¡Miserable -dije-, tu Dios te ha concedido,

por estos ángeles te ha otorgado una tregua,

tregua de nepente de tus recuerdos de Leonora!

¡Apura, oh, apura este dulce nepente

y olvida a tu ausente Leonora!”

Y el Cuervo dijo: “Nunca más.”

“¡Profeta! exclamé-, ¡cosa diabólica!

¡Profeta, sí, seas pájaro o demonio

enviado por el Tentador, o arrojado

por la tempestad a este refugio desolado e impávido,

a esta desértica tierra encantada,

a este hogar hechizado por el horror!

Profeta, dime, en verdad te lo imploro,

¿hay, dime, hay bálsamo en Galaad?

¡Dime, dime, te imploro!”

Y el cuervo dijo: “Nunca más.”

“¡Profeta! exclamé-, ¡cosa diabólica!

¡Profeta, sí, seas pájaro o demonio!

¡Por ese cielo que se curva sobre nuestras cabezas,

ese Dios que adoramos tú y yo,

dile a esta alma abrumada de penas si en el remoto Edén

tendrá en sus brazos a una santa doncella

llamada por los ángeles Leonora,

tendrá en sus brazos a una rara y radiante virgen

llamada por los ángeles Leonora!”

Y el cuervo dijo: “Nunca más.”

“¡Sea esa palabra nuestra señal de partida

pájaro o espíritu maligno! -le grité presuntuoso.

¡Vuelve a la tempestad, a la ribera de la Noche Plutónica.

No dejes pluma negra alguna, prenda de la mentira

que profirió tu espíritu!

Deja mi soledad intacta.

Abandona el busto del dintel de mi puerta.

Aparta tu pico de mi corazón

y tu figura del dintel de mi puerta.

Y el Cuervo dijo: Nunca más.”

Y el Cuervo nunca emprendió el vuelo.

Aún sigue posado, aún sigue posado

en el pálido busto de Palas.

en el dintel de la puerta de mi cuarto.

Y sus ojos tienen la apariencia

de los de un demonio que está soñando.

Y la luz de la lámpara que sobre él se derrama

tiende en el suelo su sombra. Y mi alma,

del fondo de esa sombra que flota sobre el suelo,

no podrá liberarse. ¡Nunca más!


Las Figuras Literarias 

Son recursos del lenguaje utilizados para ayudar al entendimiento del mensaje enviado por el autor a través de su obra. 

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